Editar incomoda.
Editar implica tomar decisiones que casi nunca son neutras: elegir qué queda y qué se va, qué se corrige, qué se publica, cómo se publica, cómo circula, dónde circula. Editar es, en alguna medida, una forma de poder: un poder que se ejerce no sólo sobre los textos, sino sobre las personas que los escriben, sobre quienes los leerán y sobre el mundo material que sostiene su existencia. Editar es también una forma de cuidado, pero incluso el cuidado puede ser incómodo cuando obliga a mirar de frente lo que quisiéramos ignorar: que editar también es seleccionar, descartar, intervenir, y que ese proceso deja rastros no solo en el texto, sino en el cuerpo, en el material y en el planeta.
Desde esa incomodidad quiero pensar la edición. No como un ritual técnico ni como una vocación romántica con la que me he encontrado a medida que pasan los semestres, sino como una práctica situada. Una que involucra cuerpos, tiempos, afectos, recursos. Una práctica profundamente política, ecológica, colectiva. Lejos de la imagen del editor como el intermediario entre la supuesta genialidad del autor y la pasividad del lector, lo que está en juego en cada decisión editorial es mucho más denso: son disputas por el sentido, por la legitimidad, por los cuerpos que pueden escribir y los que no, por los materiales que pueden usarse y los que no deben tocarse.
Valeria Mata lo dice con claridad desde el inicio: la literatura no es un gesto individual, sino una práctica social, “una red de cooperación”. Ningún texto es completamente nuevo, ningún autor es absolutamente original. Todo lo que escribimos está hecho con retazos de otras voces, otros libros, otras imágenes. Palimpsestos involuntarios o voluntarios, plagios sutiles, repeticiones inevitables. Y esa red se amplía, se enreda aún más, cuando entra en escena la edición. Corregir, diagramar, diseñar, traducir, imprimir, compartir: todo eso forma parte de una misma red que no puede entenderse desde la lógica individualista de la autoría. Editar, entonces, no es intervenir una obra ajena, sino continuar un proceso colectivo. Lo que tradicionalmente se ha entendido como una intervención editorial debería pensarse más como una forma de coautoría expandida. No me malinterpreten, no hablo en el sentido de reclamar crédito, sino en el de asumir responsabilidad compartida. El editor no es un filtro neutral: es un actor situado, implicado, participante.
Esa participación también incomoda. Porque ser parte de un texto, sin firmarlo, sin protagonizarlo, sin reconocerlo del todo como propio, implica aceptar una forma de anonimato activo. La edición no se trata de dejar huella, sino de facilitar que algo exista. Y, sin embargo, toda edición transforma. A veces se transforma demasiado y se rompe el tejido. A veces se transforma apenas lo suficiente para que el texto respire. A veces, editar es simplemente saber cuándo no tocar. Pero esa huella, aunque clara, debe ser invisible.
Una de las incomodidades más persistentes en la edición contemporánea es la exigencia de originalidad. Como si publicar fuera descubrir algo completamente nuevo. Como si lo legítimo en literatura fuera lo que no se parece a nada. Mata desarma esta ficción con contundencia: “Lo que aparece como apropiación ilegítima bajo las reglas del copyright puede ser un gesto crítico o creativo. Copiar también puede ser una forma de leer, de resistir, de producir conocimiento” (Mata, 2018. p. 27). Desde esa perspectiva, la edición se convierte en un espacio privilegiado para disputar la noción misma de originalidad: no para apropiarse, sino para reconocer que toda escritura es ya, de algún modo, colectiva.
Editar, en ese sentido, puede ser también un gesto político. No por lo que se decida quitar (del texto o de su forma), sino por lo que se habilita: otras formas de escribir, otras voces, otros ritmos. Cuando se elige incluir un texto escrito colectivamente, o se decide mantener la voz “imperfecta” de un autor que no se ajusta a los estándares normativos, se está desobedeciendo una expectativa de perfección. Se está diciendo que no hay una sola forma de decir, que no hay una sola manera de narrar. Se está apostando por una literatura que incomoda, que desacomoda, que no se ajusta del todo al molde. Editar, así, deja de ser un ejercicio de corrección para convertirse en una práctica de ampliación: de sentido, de acceso, de posibilidades. En línea con esto, la noción de “propiedad” también se vuelve insostenible e incómoda. En palabras de Mata, “en el lenguaje no existe la propiedad privada. La literatura no tiene cercas, porque está hecha del habla de todos” (p. 46). Editar desde esta conciencia implica dejar de pensar los libros como productos cerrados, como objetos que pertenecen a alguien, y empezar a pensarlos como obras abiertas, vivas, inacabadas, disponibles para ser leídas y modificadas una y otra vez. Pero seguir editando conscientes de esa noción de propiedad, es editar aceptando la incomodidad.
Mata nos abre los ojos a una incomodidad ética que aceptamos desde que empezamos a estudiar el mundo editorial, pero hay otra incomodidad, más difícil de nombrar, y a veces más fácil de ignorar: la ecológica. Jussi Parikka la presenta en su texto Una geología de los medios. El autor profundiza en la idea de que no hay edición sin materia. No hay libro sin papel, sin tinta, sin energía. Incluso lo más inmaterial —una tipografía digital, una animación, una nube de almacenamiento— está sostenido por una infraestructura extractiva, contaminante, desigual. “Cada chip, cada pantalla, cada red de datos está hecha de minerales, cuerpos, paisajes” (Parikka, 2021. p.10). Pensar la edición como un acto técnico, creativo o incluso artístico, pero desconectado de su geología, es una forma de negación. Una que se ha naturalizado al punto de volverse casi invisible, al menos para quienes no trabajan de cerca el desarrollo de estos artefactos. Parikka propone algo distinto: entender los medios —y con ellos, los libros, los archivos, las plataformas— como una forma de arqueología. Cada decisión editorial tiene capas de historia, de naturaleza, de explotación. Elegir un tamaño de hoja, un tipo de encuadernación o un sustrato digital no es solo una elección estética: es una elección que produce residuos, que consume agua, que genera carbono.
El problema no es editar. El problema es editar como si esas incomodidades no existieran. Como si no estuviéramos conectados a una red material que sostiene, y al mismo tiempo desgasta, nuestras prácticas. La pregunta no es solo qué se publica, sino a costa de qué se publica. Qué cuerpos fueron necesarios, qué minerales fueron extraídos, qué aguas fueron contaminadas. Editar desde esta conciencia no significa dejar de publicar, sino hacerlo con los ojos abiertos. Con la consciencia de la incomodidad.
Entonces, sí, editar incomoda. Pero decidir seguir editando es asumir esa incomodidad con consciencia.
No hay manera de editar sin incomodidad si se reconoce que el hacerlo tiene un costo ecológico, político, afectivo. Pero precisamente ahí está su valor. La incomodidad no es un obstáculo, sino el espacio donde se revela la responsabilidad del oficio. Editamos sabiendo que en el mundo actual, en la era digital y el sistema regido por el copyright, este nunca será un gesto limpio, pero puede ser uno consciente. Decidimos habitar esa incomodidad porque no vamos a dejar los libros sin editores ni vamos a dejar de aprovechar las herramientas digitales que existen y sabemos usar.
Editamos, entonces, sabiendo que nuestras decisiones técnicas también son políticas. Que elegir un tipo de papel, una tipografía o una plataforma, no es una decisión indiferente. Que el lenguaje no es propiedad privada. Y que el rol editorial no es el de custodiar una supuesta originalidad, sino el de abrir posibilidades de lectura, de acceso, de circulación. Editamos desde la incomodidad porque no queremos reproducir sin pensar. Porque editar, al final, es también asumir que todo texto puede –y debe– ser interrumpido, tocado, transformado.
Bibliografía
No solamente Valeria Mata (2018) Plagie copie manipule robe reescriba este libro.
Parikka, J. (2021). Materialidad. Los fundamentos de los medios y la cultura, en La genealogía de los medios.