Observo mi imagen a través del espejo.
No el espejo del baño, que refleja aquella luz blanca que señala todo eso que tengo que cambiar, sino el espejo interior que se instala con los años: esa superficie donde miro antes de salir, antes de hablar, antes de entregarle mis palabras a alguien. Me pregunto si está bien, si alcanza, si encaja. Me pregunto, a su vez, si yo encajo. Y en ese gesto tan frágil, tan cotidiano –examinarme, corregirme, decidir que sí o que todavía no– reconozco algo que tarda en nombrarme: el trabajo de editarme.
Soy editora porque empecé a reconocer aquello que he hecho durante toda mi vida: editar, editarme, editar mi entorno, ser editada, permitir que los demás me editen. Cada vez que reviso una página, cambio una palabra, le pregunto qué quiere decir entre sus líneas, contengo la respiración para soltarla en el momento exacto, la libero al mundo; en ese instante, edito. Edito mi cuerpo, la página. Edito mis condiciones de existencia y las extiendo en las condiciones para que algo más exista. Elijo la enunciación de una historia, su cómo, su cuándo, su para qué, su viaje de afectación en un cuerpo que no me pertenece.
Estas fuerzas, este trabajo, esta naturalidad, los llevo en el cuerpo mucho antes de haberlos cuestionado con las palabras. El cuerpo, entonces, es la materialidad primaria que he aprendido a editar como si de mi lengua madre se tratase.
Lo aprendí sin que nadie me lo haya enseñado explícitamente. La edición se encarna, de manera tan constante que se vuelve piel. Desde niña se me enseñó que hay medidas: medidas de ropa, medidas de silencio, medidas de hambre que se aguanta, de hambre que se disimula, medidas de ser adecuada, medidas de no serlo. Medidas de cuánto espacio ocupar en una silla, en una conversación, en una habitación. Crecí y mi trabajo de editora cambió cuando empecé a diseñar, a observar, a dibujar garabatos sobre mi cuerpo, y, más tarde, a modelar. El modelaje, se convirtió en ese proceso de ajustar el cuerpo a una silueta dictaminada, a una versión más transparente, más descarnada, más propia de una autoedición que me pertenecía desde el momento en el que de pequeña observaba aquellas figuras premonitorias entre las páginas de las campañas editoriales y los anuncios de casas de moda que tanto me fascinaban. Aprendí a leer mi cuerpo como un borrador que siempre necesita más trabajo.
Recuerdo haberme parado frente a alguien, en algún punto de la vida, y haber tenido conciencia de estar siendo leída. No escuchada, no vista, leída. Como un texto del que se extraen datos según criterios que no elegí. Me reduje a medidas: 79-56-87. El largo de mi cabello, el ancho de mis caderas, la manera en la que cruzaba mis brazos, el tono de mi voz, mi peso, mi estatura, la forma en la que existo. Todo eso empezó a comunicar algo antes de que yo abriera la boca. Y yo, sin saberlo, lo editaba y lo edito todo el tiempo. Suavizo mi tono. Reduzco mis gestos. Controlo y achico mi cuerpo para darle cabida a un texto que debe entrar en el formato esperado.
Es así como el cuerpo se descartó como un soporte, se posicionó como un lugar de lenguaje antes de que lo enunciara como tal. Se convirtió en un espacio de discurso. Lo que digo desde aquí, desde este cuerpo que ha aprendido a editar sus márgenes, no es lo mismo que lo que diría desde otro. Este cuerpo ha cargado las marcas de lo que ha vivido, las cicatrices de lo que lo ha atravesado y la postura de quien aprendió a moldearse de acuerdo con el espacio que habita. Eso es materialidad y eso es el medio a través del cual una historia llega, se produce, y se expresa.
Olga Tokarczuk habla de la ternura como una forma de mirar. No la ternura condescendiente, lastimera, la que se inclina sobre algo pequeño y lo deja así. Contempla una ternura que mira de cerca y con atención, la que asume que todo lo que existe debe de ser visto con cuidado. La ternura, entonces, es lo opuesto a la indiferencia. Y cuando la pienso como método –como postura ante el texto, ante mí misma– algo se acomoda. Porque editar algo con ternura significa algo específico. Significa que cuando me siento frente a un texto que alguien me ha confiado, no llego a diseccionarlo con el bisturí; llego con la atención. Me pregunto sobre la voz, qué quiso decir, qué tuvo miedo de expresar, qué dijo sin saber que lo estaba diciendo, cómo se quiere manifestar. Me pregunto cómo suena en voz alta, si duele como quiere doler, si respira donde necesita respirar. Editar con ternura es tratar al texto, corpóreo o fuera de sí, con el mismo cuidado con el que me gustaría que alguien me leyera, incluso si ese alguien que construyo se refiere a mí.
Al observar este cuadro, se forma un nudo: la proyección de este cuidado hacia afuera sólo es posible si también lo dirijo hacia adentro. Hacia este cuerpo que edita, que acumula sus propios borrones, que a veces entrega versiones de sí mismo que todavía estaban, están y estarán lejos de acercarse a una entrega definitiva. En esta instancia, el cuerpo que tanto he tratado de editar hasta márgenes imposibles decide revelarse: cuanto más lo trato con dureza –al editar mis silencios en tiempo real, al corregir mi voz antes de terminar de hablar, al frenarme para ejercer control–, más sólido, cerrado y desconfiado de su presencia es el texto que va a salir de mis/sus entrañas. Algo en mi escritura y edición se abre cuando permito que el borrador exista sin vergüenza entre las páginas que componen mi materia. Que nos componen. Que componen una construcción colectivo-individual sobre lo que soy, lo que construyo, lo que edito.
Soy un mosaico. Soy un pedazo de la voz de mi mamá cuando nombra las cosas desde sus silencios. Soy un pedazo de la primera profesora que tachó mis palabras con tinta roja. Soy una esquirla de todas aquellas que me leen, que me reconocen en mis tropiezos, que me ayudan a entenderme antes de que mis palabras salgan al público. Soy un pedazo de todas las mujeres que me enseñaron a ocupar el espacio de toda una página sin pedir disculpas ni permiso. Como yo, todos somos fragmentos de lo que hemos leído, de lo que nos han dicho, de lo que hemos rechazado, de lo que sin querer absorbimos en nuestra experiencia vital como seres que gravitan con la órbita de otros. Editar es, también, hacernos conscientes de nuestro yo mosaico: saber de dónde viene cada pieza, entender por qué hay ciertos pedazos que chirrían juntos, decidir cuáles fragmentos queremos conservar y cuáles están listos para ser despegados. Cuando edito un texto ajeno, traigo en mis extremidades mi mosaico completo. Traigo mis sesgos, mis puntos ciegos, mi oído entrenado y mi oído sordo a las cadencias que me afectan. Por mi propia existencia, mi identidad como editora nunca es neutral. Por eso importa quién edita, desde dónde edita, qué historias lleva en el cuerpo y quién ha puesto sus manos en las letras de su territorio. Mi presencia, la de todos los editores, define la forma y el cómo va a ser exteriorizado el trabajo de la voz que tocamos. Reconocer esto –en lugar de pretender que somos conductores transparentes– es el primer paso a una práctica honesta hacia las corporalidades y voces que nos traspasan.
En esta práctica, la edición se hace con el tiempo. Y el tiempo, para mí, ha sido otro cuerpo que he tenido que aprender a gestionar. Asimilé que este, en mi cuerpo de mujer, es poroso. Se interrumpe, se comparte, se dona antes de que alguien lo pida de forma explícita. Aprendí que se debe negociar cada hora de silencio, de labor, de producción. Y, sin embargo –o precisamente por eso– lo reconocí como material de trabajo. Gestiono cuándo un texto necesita reposar, cuándo necesito hacerlo. Sé cuándo la distancia entre mi cabeza y mis pies abre nuevas posibilidades que la inmediatez de mi mente cierra. Sé esperar. Me aferro a aquello que tengo que soltar cuando no hay más tiempo. Esta es la gestión de nuestros ciclos –saber cuándo insistir, cuándo pausar, cuándo decir, cuándo liberar– es también una forma de autoedición. Es la misma habilidad que todos usamos para desplazarnos y expresarnos en nuestros entornos; usamos el tiempo como una sustancia para modelarnos.
Por tanto, un cuerpo que edita es un cuerpo político.
Cada vez que decido qué historia merece circular en el mundo por medio de mis manos, estoy tomando una decisión que, para mal o para bien, tiene consecuencias. Pues, las historias que no se editan, no se publican; las que no se publican, no se leen; las que no se leen, pierden su agencia de cambiar o movilizar un algo. Las manos que editan ejercen un poder cuyos hilos invisibles tejen las estructuras que nos envuelven. Y, Si esas manos son las mías, si este cuerpo que ha aprendido a encajar para vivir es el mismo desde el que edito, corro el riesgo de reproducir esos mismos moldes de los que me he tratado de desbordar, corro el riesgo de aplicar los márgenes que me han impuesto. Sin embargo, puedo girar mi cuerpo al editar desde la ternura: mirando de cerca, asumiendo que lo que existe merece ser visto. Puedo traer mi mosaico entero a la mesa –con sus grietas y sus partes lisas– y reconocer que sus imperfecciones son por donde entra la luz de la posibilidad de crear sin restricciones. Puedo tratar las historias que me confían con el mismo cuidado con el que me gustaría tratarme –y con el que me tratasen– cuando estoy en proceso, cuando todavía no sé bien qué quiero comunicar y cuando sé que hay algo que quiero decir entre las esquinas de mi escritura.
Esto es lo que para mí significa ser editora: mi identidad es la práctica sostenida de prestar atención, de crear condiciones, de hacer que algo exista con dignidad en el mundo y en mi cuerpo.
Vuelvo mi mirada al espejo. La desdoblo sin tener que estar lista para lanzarme a mi corporalidad. Soy editora desde que me edito, desde que edito a los demás, desde que los demás me editan, desde que presto atención. Lo seré mientras siga haciéndolo. Lo seré mientras siga envuelta en este ejercicio inagotable a través del tiempo.