TODO ESTÁ
VIVO
MUY
* El museo lleva vivo desde abril del 2025 y abrió sus puertas en enero del 2026.
Materia. La tendemos a clasificar de orgánica e inorgánica. La viva y la no-viva. Creemos que a nuestras manos todo llega muerto, excepto las matas que comemos en la ensalada, o las flores que cuida mi mamá en el jardín.
El Museo de lo Vivo es el resultado de una experimentación que reconoce que todo está vivo: la vida se relaciona con la vida, pero ante todo conversa con ella. Cuando empezamos a reconocer este vínculo, se complejiza el acto creativo. El objeto sobre el que creamos ya no es solo una cosa, sino que es la base de un diálogo con ramificaciones muchas veces inesperadas: es la materialización de una materialidad consciente.
El ejercicio parece simple: varias materias base, repartidas en manos de distintxs editorxs, a quienes les fueron dadas instrucciones, pero ante todo mucha libertad de untarse las manos, y un imperativo de familiarizarse con su materia. Así, una cáscara deja de ser desecho, una gelatina deja de ser postre, una flor deja de ser gesto. Cada uno es vida en mutación, vida afectada. Cada uno es un objeto editorial.
En una placa de Petri, el agar es la casa de los factores que queremos observar con detenimiento. Aquí, las bolsas fueron el hogar de materias manipuladas, podridas, descompuestas –en todos los sentidos de la palabra– y editadas. Tomaron sus decisiones editoriales, únicas e irrepetibles, en lo que fue, ante todo, un diálogo.
Astrid Vásquez, co-creadora del museo.
Experimenté la materialidad gracias a una cáscara de sandía
Emily Jaimes Gelvez
Trabajar con la cáscara de sandía fue, ante todo, un regreso. No uno físico o romántico, sino uno más simple: regresar a sentirme niña, a permitir que la curiosidad fuera el método y que el no saber fuera una puerta abierta. Pensé que ya conocía la sandía, porque he convivido con ella toda la vida, pero la práctica me mostró otra cosa: conocer algo no es solo recordarlo, sino dedicar tiempo, dejar que la materia me revele nuevamente lo que yo, ingenuamente, ya daba por sentado. Y así, entre tanteos, texturas y preguntas que aparecían casi solas, redescubrí que la cáscara no es lo que creía que era. Que incluso aquello tan asumido puede ser otra cosa si se mira y se siente lo suficiente.
Explorar la cáscara se sintió como un ejercicio de desaprendizaje. Claro, mis asociaciones a ella son valiosas pero el decidir que era para mí la sandía y qué hacer con ella, solo con lo que yo creía saber de ella, era insuficiente. Más allá de eso, no bastaba con tocarla, verla u olerla: tenía que suspender la idea de “piel dura, verde, desechable” que cargaba desde siempre. Tenía que permitir que mi cuerpo la conociera primero a través de mis sentidos y, por lo tanto, después pensarla y sentirla diferente. En ese gesto empezaron a surgir asociaciones: unas venían de lo que ella es; otras de lo que no es; y otras de lo que podría llegar a ser. Y es ahí donde la exploración se volvió reconocimiento, pero también cuestionamiento. Preguntarse qué más puede una cosa ser no es quizá un método académico tradicional al que esté acostumbrada, por eso para mí terminó siendo lo más retador que hice en el semestre.
Mientras intervenía la cáscara —cortar, lavar, raspar, tallar— me di cuenta de algo que no había considerado antes: este proceso me incluía a mí. No era una observadora distante, un agente pasivo que solo espera el cambio de la materia. Todo pasaba a través de mí: mis manos, mi idea del material, mis prejuicios, mis preguntas. La materialidad no es solamente algo que la materia “tiene”, sino algo que ocurre en el encuentro. Quizá por eso fue tan importante entender que mi objeto de estudio era “la cáscara de sandía”, sino el platicar con esa parte relegada de solemos descartar sin pensarlo, la cáscara.
Curiosamente las mismas características que la califican como residuo la vuelven útil, con cada intervención la cáscara empezaba a mostrar una vida propia que desconocía y disfrutaba presenciar. Pero lo más sorprendente fue su relación con la pintura. El blanco interior de la cáscara me recordó al blanco del papel, aunque sabía que la pintura casi no se le adhiere. Eso no la volvió intocable; solo me obligó a buscar otra forma de relacionarme con ella. Entonces llegó la idea de tallar, de convertirla en algo así como un sello, y luego en muchos sellos. Dejar que la cáscara hiciera su propia marca, que dijera su propio nombre. Tallé letras, una por una, y ella respondió con textura, con humedad, con resistencia. Cada marca era irrepetible. Cada impresión dejaba un rastro nuevo, un gesto de la misma. En lugar de limitarse a copiar mi diseño, la cáscara imprimía conmigo. Ese descubrimiento me hizo replantear la idea misma de imprimir. Me obligó a entender que imprimir no es solo transferir una forma, sino dialogar con la materia, aceptar que ella participa, que interviene. Y eso, más que un ejercicio técnico, fue una experiencia.
A partir de ahí comprendí algo más amplio: que la materialidad no es la materia misma. No es el objeto físico aislado. La materialidad empieza cuando entramos en relación con la materia: cuando la tocamos, la investigamos, la empujamos un poco y vemos hasta dónde puede llegar. Es preguntarse no sólo qué es algo, sino qué permite, qué limita, qué transforma y cómo cambia en el encuentro con nosotros. La materialidad es aceptar que la materia tiene sus propias condiciones —humedad, textura, temperatura, tiempo— y que esas condiciones pueden cambiar sin que lo decidamos. Ser conscientes de eso implica empatía: comprender que hay un punto en el que el control se pierde, que la materia responde, que tiene un comportamiento propio, que no es un medio pasivo para nuestras ideas. La materialidad no es solo lo físico: se vive, se siente, se experimenta. Une lo sensorial con lo conceptual.
Entender la materialidad también me exigió cuestionar mi perspectiva: cambiarla o al menos verla. Preguntarme por mis métodos: por qué pienso cómo pienso, por qué creo saber lo que sé, por qué asumo que el conocimiento sensorial vale menos que la idea abstracta. La materialidad me obligó a acercarme desde el tacto, desde el olor, desde lo que se escucha cuando algo se rompe, se corta o se talla. Me sacó de lo racional como único camino, sin abandonarlo, pero poniéndolo en diálogo con la experiencia.
Con la cáscara experimenté la materialidad más allá de la fruta. Ya no era solo la parte dura que protege la pulpa y después se desecha. Fue esponja. Fue herramienta. Fue sello. Fue superficie. Habló. Dejó su huella. Fue capaz de ser algo que nunca había sido: un dispositivo de impresión perecedero. Y nada de eso anuló lo que era química o estructuralmente; simplemente abrió otras posibilidades que antes no veía.
Lo esencial en este proyecto para mí no fue responder qué es la materialidad, sino buscarla. El verdadero aprendizaje estuvo en el proceso: observar, entender, intervenir, equivocarme, repetir, sentir cómo la cáscara cambiaba entre mis manos o guardada en esa bolsa no refrigerada. Ese movimiento entre exploración y duda fue también un reconocimiento de mí misma. No solo como futura editora, sino como alguien que crea desde la relación con los materiales y con los otros, qué piensa ahora desde las manos y no solo desde la cabeza. Editar, si lo miro desde esta nueva mirada, es un trabajo que dialoga con la materialidad: observar, investigar, intervenir, transformar sin borrar lo que ya existe. Acompañar un proceso. Dar forma sin imponer del todo. Y, sobre todo, aceptar que el final nunca es definitivo, que todo cambia en la recepción, en el uso, en la lectura.
Pensar la materialidad me sacó de mi zona de confort y al mismo tiempo me devolvió a algo: una creatividad que no depende únicamente del pensamiento racional, sino de permitirme sentir, de dejar que mis sentidos piensen conmigo. Me gusta pensar que este semestre no solo aprendí de la cáscara de sandía, sino que ella me enseñó a mirar distinto, a no dar por hecho lo que creo conocer, a aceptar que la materia responde y que, si la escucho, también me transforma.
Así que, aunque en esta clase se empezó a explorar la materialidad por algo que creía conocer —como lo es el libro— fueron en el cuestionar y el actuar, con la duda siempre como propulsor de la curiosidad, que empecé a caminar alrededor de lo que significa este “concepto”; un camino para nada linear pero lleno de enseñanzas a cada paso y retroceso. Mi aspiración es ser editora, de libros, de arte, de espacios. Ojalá hubiera explorado así antes. Pero ahora sé que haber conocido en esta clase la materialidad me va a acompañar siempre: no como un concepto cerrado, sino como una manera de estar en el mundo, de dudar, de crear, de tocar, de dejarme afectar y de seguir buscando qué más puede una cosa ser.